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joulesesalcedo 2012
18
Oct

relativamente nadie entiende como se retrasa el tiempo porque lo que atrasa es la imagen

Publicado en Ciencia por joulesesalcedo


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relativamente don Albertico Einstein no entendía como se retrasaba el tiempo, porque lo que se atrasa es la imagen.

lo engañoso de la imagen en el otro universo

Sabiendo la pareja lo mucho que había soportado su hija a causa del mal trato e infidelidad desvergonzada de su esposo, el encantador Doralio, no se sintieron tranquilos con esperar la llamada de su hija al momento del arribo a la lejana ciudad; sede del reencuentro de la pareja. En consecuencia arrimaron sus pasos a la estación, esperando también verla a través del desconocido artefacto incrustado en la pared, que para ellos solo era un objeto referido por muchos con asombro. La ansiedad que les despertó las dos ignorancias: el novedoso ventanal y el ánimo actual de su hija, los hizo acercarse a la estación con demasiada anticipación. Solo después de ingresar, reconocieron con desgana el tiempo que los separaba de la hora esperada. Pronto Piaresa, madre de Sinda, caminando y contemplando con variado deleite las vitrinas de la terminal, relego la agitación que bullía en su pecho; igual que los términos disgustados se mudan en expresiones de admiración luego que el paladar saborea un exquisito postre de dulce bizcocho y helado.

Absortos, estuvieron sin notar el transcurso, pero los saco del olvido el timbre en el inalámbrico de Lovenio anunciando la llamada de la hermosa Sinda. Inmediatamente Piaresa, con mirada suplicante, elevo sus ojos al maverós y reclamo el socorro de los dioses para su hija.

Hallándose exaltada por pisar nuevamente el país de Matido, tan excesivamente alejado, por respirar una vez más el delicado aroma de su atmósfera y también por reencontrarse con su infiel pero amado Doralio –el cual, desde antes de la esperada llegada, entre lagrimas y juramentos le garantizo su amor incondicional e innumerables promesas de cambio–, les anuncio Divesa a sus padres su inminente arribo y su deseo de subir a la terraza más alta para saludarlos, en tanto que ellos dos la observaran desde lejos por esta ultima vez. Así, en estas circunstancias los insto para que buscaran el ventanal antes de ella perderse en la ciudad.

No habiendo ingresado a la estación más que en dos ocasiones anteriormente: cuando los visito su vástago mayor acompañado de su esposa e hijos, y ahora, en la despedida de Sinda; desconocían muchos pormenores de la descomunal parada, y pasaron por alto el haberse informado mejor sobre la ubicación de la ventana. Luego de la llamada, el afán cundió nuevamente en sus ánimos, y en medio de la peliaguda carrera que emprendieron a su edad, buscando en ese último momento la ruta, Piaresa tropezó; y semejante al cardillo, que desprendido del tallo e impelido por una suave brisa, va rebotando sobre la tierna hierva y desperdigándose el, la anciana dama hizo otro tanto, besando el piso en una ocasión, volando la cartera y su contenido, a la par que sus anteojos. Pero igual que el corto torbellino, que en un solo instante se deshace y finaliza, la madre de Sinda termino de girar sentada sobre la alfombra, meneándose aun todo frente de su mirada, que no se acababa de ubicar. Pudo más, sin embargo, la urgencia por ver a su hija, y sobreponiéndose al bochorno por la torpeza, aceptando la ayuda de Lovenio y otros, continúo. Luego de ubicar la dirección de su camino, sin que dejaran de sentirse intrigados por muchas novedades, abordaron el ascensor y subieron al tercer nivel de la estación; compuesto de abundantes pisos. Además del ahogo, el corazon de los dos se aceleraba al pensar que el de su hija estuviera de otra manera inquieto. La atractiva Sinda, después de una muy larga y sentida separación volvía nuevamente con su esposo, el falaz Doralio, por el que se agitaban en su pecho igualmente, tanto el rencor como el amor. Una vez en el último piso del tercer nivel, era fácil divisar desde cualquier sitio dos inmensas puertas automáticas, que sin necesidad de muchas indicaciones se insinuaban como el acceso al ventanal telescópico.

Inmediatamente después de las puertas se abría un recinto enorme, inmerso en la penumbra. El salón ocupaba los cinco últimos pisos del nivel tercero, de la torre de observación. Poco después del ingreso descendía el suelo por dos clases de estructuras –que se alternaban dispersas por el área–, una compuesta por diferentes corredores en pendiente, y otra formada por escalones y tarimas, hasta bajar nuevamente los cinco. En ese punto, luego de terminar el descenso, un área recubierta de reluciente y elegante baldosa se extendía por unos veinte poleros, e inmediatamente se levantaba la estructura del ventanal; que una vez mirado, de inmediato despertaba la admiración en medio de imágenes que se sentían al alcance de unas cuantas calles, siendo que realmente se encontraban a millones de kipoleros.

Desplazándose por el salón, no era extraño escuchar las voces de infantes admirados y otras de adultos que los mandaban callar, pues los niños se entusiasmaban por lo que veían, y los padres, incómodos, los reprendían cariñosamente para que se pronunciaran en voz baja. Empezando a descender por la rampa central, se topaban los ojos con los edificios y las calles de Escianto, ciudad que elevaba su mole en una región interior de la circunferencia descrita por el Metrasdo; pero a medida que se descendía por el corredor esta se iba deshaciendo en un borrón de varios colores que se perdía en la parte inferior del ventanal.

Desconocedores de toda la modernidad que los circundaba, Piaresa y Lovenio se vieron muchas veces agobiados con el manejo de los artefactos recientes. Poco después de penetrar en el salón del ventanal se entendieron perdidos en el, pues no sabían de que manera se ubicaba desde ahí Matido. Entre varias preguntas que hizo cada uno al otro, la respuesta fue siempre un: !No se!, y sucesivamente subieron o bajaron diferentes corredores inclinados, o se detuvieron en diversas estancias sin encontrar la vista de Matido. Rodeados por rostros extraños y miradas sin expresión, se cohibieron de preguntar, por lo que la operación de búsqueda resulto ser muy lenta, y junto con el ajetreo de la pareja se hizo patente un rastro de pasos sin rumbo.

Observaba las montañas no muy lejos y detrás de ellos, Sertio, bisnieto del dios Prilemo, y semejante a él no solo por su inteligencia sino también por su generosidad. Esta sensibilidad le permitió comprender la inquietud que envolvía a la pareja, e intuyendo que buscaban alguna ciudad a través del ventanal, y en ella a algún familiar; pero que desconocían el modo de encontrar las localidades ubicándose en el recinto, les grito en tono suave y amigable.

– ¿Que ciudad buscan?

– !Matido!, –contesto la pareja en coro y como con un final de gimoteo– y expresándose Piaresa con pedantería agrego: Buscamos a nuestra hija, declarada la más bella de las reinas en el concurso de Amento y se encuentra casada con Doralio, perteneciente a una de las familias más importantes de Matido.

Lovenio, quien era dueño de un temperamento reservado, y sintiéndose agobiado de vergüenza, se encontraba ya presto a oponerse a lo presumido en las palabras de Piaresa mediante un suave codazo, cuando sonó nuevamente la llamada de la jovial Sinda. Entablo la conversación, y mientras los ponía al tanto de su inminente llegada, rápidamente comprendió por las palabras de sus padres y el tono afanoso de ellas, la misma dificultad que percibió Sertio. De tal manera que del lado de este sampial y desde la distancia a la que se encontraba Sinda, en demasiada cantidad les llegaron diferentes voces de orientación.

– !Busquen el desnivel de Matido; busquen el escalón de Matido; busquen la tarima de Matido; decía Sinda y el otro sin tomar aliento.

Pero las palabras de la guapa joven, o del generoso Sertio, no fueron suficientemente específicas en el pensamiento de la pareja. En consecuencia, entendiendo al contrario en donde efectuar la búsqueda, se empinaron, o se movieron sobre el estrado que pisaban, esperando ver un desnivel, o un escalón a través del ventanal, y no buscándolo bajo sus pies. Quedando por lo tanto en esos momentos, igual que esta el que canta en el coro sin saberse la letra de la canción.

Tal fue el caos de esos dos por algunos fruiros –o minutos–, indudablemente causado por el desconocimiento del lugar, pero complementado por las palabras de ayuda de los otros; que al no ser suficientemente claras desencadenaron la confusión. Para fortuna de los padres de Sinda seguía Sertio a pocos pasos, dispuesto como siempre a cooperar. Vislumbrando el embrollo que los embargaba respecto al uso del descomunal visor, mostrando un gesto de compasión, y de prevención al querer levantar la voz y ayudarlos, rompiendo el silencio que imperaba por norma en el salón, les dirigió la voz en tono suave pero audible:

– Busquen la tarima que tenga escrito en el piso Matido y párense ahí. Y especificándose aun mas les complemento: Tienen que bajar cinco plataformas y correr a la izquierda tres.

Viendo Sertio que aun así persistía la misma carencia, desde su pecho surgió un lamento impotente y en el mismo instante salto, igual que la cabra del monte brinca de una saliente a otra sin asomo de duda, y así con zancadas largas y seguras llego hasta ellos. Ubicándose en la retaguardia de ambos y asentando amistosamente las palmas de sus manos sobre los hombros de uno y otro, con términos afables finalmente los guió. Inmediatamente reconocieron con sus ojos la buscada terraza, alegrada por destellantes luces, mas encumbrada que las otras en la estación de Matido. En donde se podría divisar a la joven sampriala saludando, después que ella se ubicara en el sitio.

– ¡Sinda, hija, esto es mucha dicha por fin escucharte!, dijo Piaresa a través del teléfono celular. ¿Ya llegaste, estas en la estación?

– ¡Si mami, estoy con Doralio a mi lado; “Ya llegue”.

Y aplacando aun más la ansiedad de su madre, que en voz apenas audible indagaba por su nueva situación, la calmo con otro susurro, en donde cada término se entendía con el sabor de quien se siente colmado de satisfacción.

– !No, ya no es el mismo, todo pinta mucho mejor!.

– Hija –dijo Piaresa– porque no subes a la azotea del último piso. No sabes cuánto deseamos verte tu padre y yo; “aunque sea al lado de ese”.

– !Imposible! –Afirmo Lovenio– dibujándose tenue duda en su expresión, primer signo del que es colmado por la incredulidad.

Ya desde pocos minutos antes, “o fruiros”, el padre de Sinda se había familiarizado con el funcionamiento del asombroso y morrocotudo lente, en los momentos que siguieron a la ubicación de la terraza; gracias a las indicaciones de Sertio. Desplazándose sobre la tarima pudo contemplar y reconocer edificaciones que visito años antes, cuando estuvo en Matido por cuestiones de trabajo. Estando en esta observación, se sintió extrañado al no ver en la estación, ni cerca de ella, el metrasdo que transporto a su querida Sinda. Cada uno de los trenes ostentaba su número de identificación en varias partes, dentro de ellas en los costados. Adicionalmente sabía, que normalmente cualquiera de los transportes se demoraba en las estaciones un buen tiempo, mientras eran descargados los equipajes y terminaban de descender los viajeros. Escudriñando y no encontrando en la parada el numero del transporte que llevo a Divesa, se desplazo buscándolo en otra parte de la vía anterior a la estación, llenándose de confusión al observarlo prácticamente quieto, pero indudablemente viajando aun camino a Matido. En estos instantes se dio la comunicación de su hija, avisándoles de su arribo. Inmediatamente después, cuando se aseguraba de lo que veía y hacia esfuerzos por entenderlo, fue cuando surgió la citada expresión: ¡!imposible!

– !Imposible!, repitió contrariado, luego que Piaresa, apartando el celular pregunto con pasión. Y agrego el viejo: estoy viendo el tren de Sinda desde acá y todavía no ha llegado a la estación.

– !Que que!, dijo Piaresa, con el tono característico de la duda clara en la mitad del pensamiento. ……¿que dices?

– Digo que Sinda Divesa no puede estar en Matido, porque estoy viendo el tren de ella y no a llegado ni siquiera a la estación. Quizás, por el efecto aturdidor que causa la absoluta seguridad de estar viendo lo imposible, tardo más de lo habitual en pronunciar cada palabra. ¿Lo ves?, dijo Lovenio a Piaresa, invitándola a mirar y señalándole. Lo vez dijo el viejo y padre preocupado ¿Lo vez?

– ¿Cual era el tren?, indago Piaresa. ¿Cual era?, pregunto en medio de una densa incertidumbre, pues las dudas de su esposo dibujaron en su pensamiento nebuloso riesgo, lograron mutar su ánimo y como un torrente impetuoso llegaron a su corazón todas las preocupaciones que anteriormente padeció pensando en el reencuentro. Así, sin entender nada, resultaba más fácil negar el mal presagio: ¡Pero si me acaba de llamar, tú la oíste! Me dijo que esta en Matido. Llegaba a las diez de la tarde; y esa es la hora. !O sea que ella si esta en Matido, y como nos dijo, está en la estación!

– Míralo tú –le contesto el otro con pertinaz voz, convencido de la estampa que mostraba el ventanal–. ¡Míralo! Ese es el metrasdo de Sinda Divesa. ! El ventanal no puede fallar, es un lente, el no miente! !Míralo!, dijo. Ese es el tren de Sinda, !lo vez! No ha llegado aun.

Así diciendo, Lovenio quedo mirando en silencio el trayecto del metrasdo que se percibía prácticamente detenido. Por unos momentos quiso saber lo que sucedía pero nada se le ocurrió. Inmediatamente recordó la alegría de Sinda poco antes. En procura de calmar su ánimo, se dijo que lo único adverso que el veía juntarse sobre la cabeza de su hija provenía del inestable Doralio. De todas maneras, en el fondo de su corazón estaba seguro del amor que él sentía por su hija, aunque frecuentemente mirara para otros lados. No era una conclusión a la ligera, cuando se hizo la celebración por la unión de los dos, tres veces detecto Lovenio unas miradas coquetas que salían de Doralio e iban a parar en los ojos de Velicia, esposa anterior, cómplice y amiga de Sinda. Suponiendo aquello que percibía, como una ironía de la distancia a la que se encontraban, se resigno a no pensar en ello, aunque sin dejar de mirar en la lejanía el metrasdo numero ciento treinta y ocho.

– Esto esta rarísimo –dijo Piaresa–, voy a llamarla otra vez.

– Alo, alooo, alooo, ¿ Sinda ?. ¡Bhaaa, como soy de torpe!, con este enredo marque mal. Aloo, aloo, aloo, ¿ Sinda, nena, dime donde estas?

– Ya llegamos y el metrasdo se aproxima a las puertas. Mami Doralio me llamo, hemos conversado, y aunque el esta reacio a dejarse ver por ustedes, conociendo de las lagrimas que los dos me han visto derramar por él; a pesar de lo avergonzado a aceptado que subamos a la terraza de la estación para saludarlos.

– Hija, dime, ¿en que Metrasdo fue que te viniste? !Que digo!, te fuiste. ¡No es que con este enredo!
– En el ciento treinta y ocho, es el único que hay. ¿Mami Cual es la confusión?
– No hija, que tu papi esta intrigado porque estamos viendo un tren, aun lejano, que marcha rumbo a Matido con el número ciento treinta y ocho clarito al lado.

En realidad, a Sinda le resultaba indiferente aquella confusión sobre el metrasdo. Habiendo dejado en el olvido la monotonía de los días pasados, llenos del enfado que le causaba estar lejos de aquel varón sampial por el que sucumbía su voluntad, remota a.......................

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